Cruzando la cordillera de Nahuelbuta.

cordillera_nahuelbuta_piedra_del_aguila.jpg"Cronicas" se titula un libro de Clímaco Hermosilla Silva, un habitante de Cañete, y como el relata "Este pueblo nuestro ha sido,desde siempre, un pueblo muy especial. Tiene algunas características que le son propias y que lo distinguen de todas las otras agrupaciones urbanas de la Provincia de Arauco."

Acá una de sus crónicas, hablando de un paseo por la cordillera de Nahuelbuta, FCCh. siempre ha buscado los temas que traen recuerdos y nostalgias de esos paisajes del pueblo de donde somos originarios. Esta vez estamos en Cañete.

Cruzando la cordillera de Nahuelbuta.

De Clímaco Hermosilla Silva.


Hace cuántos años que estamos hablando de ir a conocer "La Piedra del Águila" Finalmente, hoy día, emprendemos el viaje.
Echamos al jeep un par de termos de café y sandwichs ya que la ruta que elegimos es larga y difícil. Somos cuatro los participantes de ésta aventura: Ricardo Carrillo, que maneja el jeep Terrano de su señora, Felipe Lasserre, que desea conocer el trazado del actual camino ya que quiere presentarse a una propuesta pública para mejorarlo, mi hijo Felipe Hernán y yo.

A las 10.30 AM salimos de Cañete hacia el valle de Caramávida.

Es otoño. El día está nublado y amenazante, pero tenemos la esperanza de poder llegar hasta nuestro destino que es el punto más alto de la cordillera de Nahuelbuta. La Piedra del Águila se encuentra aproximadamente a 1.450 mts. sobre el nivel del mar.
Después de recorrer en toda su extensión el hermoso valle de Caramávida, unos 8 kilómetros, comenzamos a subir, desde Santa Marta, el fundo de don Manuel González por el camino que serpentea por las empinadas laderas de la montaña. Los restos de vegetación nativa se entremezclan con los paños de bosques de pino.

Al fondo de la quebrada corre, rumoroso, descendiendo con velocidad entre grandes peñascos, el río Caramávida, el que es engrosado, de trecho en trecho, por vertientes y torrentes que bajan con estruendo por las faldas de los cerros. Cuando algún rayo de sol logra atravesar la espesa capa de nubes e ilumina la gran quebrada, aparecen los arcoiris en los millones de gotitas de agua que saltan al chocar los torrentes cordilleranos con las rocas de sus cauces o con las aguas del río.

Las laderas que descienden hacia el fondo del valle están tapizadas de grandes heléchos, de chucos, de quilas y de renovales de avellanos y boldos en los que se enroscan los copihues. En el fondo de la quebrada, entre murallones de roca, se yerguen, con un follaje de un color verde obscuro, grandes coigües salvados del hacha, de la motosierra o de las quemas de las grandes empresas que han plantado estos bosques de pinos.
cordillera_de_nahuelbuta_piedra_del_aguila_2.jpgAl mirar los rincones en los que la vegetación nativa sobrevive, no podemos dejar de imaginar la belleza indescriptible que tuvo, por millones de años, este lugar de nuestra tierra.
Una vez más comienza la discusión entre Ricardo y yo, a propósito de la protección del bosque nativo.

¡Qué irracionalidad para explotarlo!
¡Cuántos millones de pulgadas de raulí, de coigüe, de ulmo, de manió o de tepa perdidas en incendios que duraban meses! Los españoles que llegaron con la empresa "Bima" a explotar estos bosques, quemaron cientos de miles de hectáreas para plantar enseguida, con pino, diez o quince mil hectáreas.

Estas selvas bellísimas de Arauco, que sobrevivieron millones de años, que sortearon con éxito cataclismos geológicos, cambios climáticos, etc., no pudieron sobrevivir a la pasada de don Juaco Ruiz con su caja de fósforos.
Los 1.500 ó 2.000 mms. de agua caída al año en esta zona, arrastraron la capa de tierra vegetal desde las laderas de los montes hacía los ríos, haciendo más difícil la regeneración natural de los paños de bosque nativo perdidos.
Ricardo argumenta que, ya que el bosque nativo desapareció, lo mejor que puede hacerse es plantar pino o eucaliptus para darle un valor económico a terrenos que hoy no lo tienen.

El problema es que no solamente se planta con especies extranjeras las superficies deforestadas sino que se sigue quemando lo que queda de la primitiva vegetación nativa.
Hay leyes que protegen los bosques. ... y, por consiguiente, las aguas, pero siempre hay resquicios legales para atropellar estas leyes. Si uno observa las quebradas, se puede dar cuenta que no se han respetado las distancias que la ley establece para salvaguardar las aguas y los pinos llegan hasta el fondo mismo de ellas.

¡ Cuántos riachuelos se secaron al ser reemplazada la vegetación nativa por pinos o eucaliptus!
No hay duda que, a los ojos de muchos, el verde del bosque nativo no vale lo que vale el verde de los dólares.

Cuando estamos a unos 700 u 800 metros de altura, comienzan a parecer las araucarias. Estos manchones de árboles se salvaron de la despiadada explotación sólo porque se encontraban en lugares inaccesibles. Tampoco se quemaron porque la humedad del ambiente impidió la propagación del fuego. A partir de los años 80, el nac¡miento de una conciencia ecológica en el país, ha impedido su explotación.

Continuamos subiendo y llegamos a "Don Alfonso", lugar donde estuvo el campamento de los antiguos madereros de "Bima". todavía quedan algunas viviendas en pie y se puede apreciar las ruinas de las instalaciones eléctricas o de otras viviendas a medio desarmar. En estas casas vivió un antiguo amigo de mi familia: don Orlando Delgado. Cuando hubo que educar a sus hijos, don Orlando se trasladó a Antihuala, el pueblito que creó la compañía maderera al lado de la estación de FFCC, desde donde se embarcaba la madera explotada en estas montañas.
Entrada_parque_nacional_nahuelbuta.jpg

Me cuentan que un señor venido de Santiago compró dos a tres mil hectáreas en este sector para salvar los restos de bosque nativo y hacer una especie de reserva forestal. Ojalá hubiera muchos más como él.

Pedimos permiso a los guardabosques del lugar y seguimos nuestro camino. De pronto, maravillados, nos encontramos en medio de un bosque de araucarias y de jóvenes raulíes de cuyas ramas cuelgan millones de "barbas" amarillentas, un parásito vegetal que se encuentra también en algunos lugares que bordean el Lago Lanalhue. Nos bajamos del jeep a admirar el paisaje y a tomar algunas fotos (las que presenté algunos meses más tarde a un concurso fotográfico, obteniendo con ellas un par de premios).

Con el fondo del cielo encapotado y un silencio que nos impresiona, admiramos la belleza del bosque de araucarias, árbol que se ha transformado en un símbolo del martirizado bosque chileno. Tengo entendido que la araucaria es uno de los más antiguos árboles del planeta y sus ejemplares pueden llegar, fácilmente a los 1.000 años de edad. El fruto de esta conifera es el piñón o pehuén, que alimentó, por siglos, a las razas aborígenes. De su nombre deriva el de "pehuenche"", gente del pehuén, pueblo que dependía fundamentalmente de este fruto para sobrevivir en las heladas cumbres de la cordillera de Los Andes.

El tronco de la araucaria puede alcanzar fácilmente los 40 ó 50 metros de altura y desde su copa, como un paraguas, se extienden los largos tentáculos de sus ramas, de las que cuelgan las pesadas cajetas de piñones, alimento predilecto de los choroyes, cuyas bandadas, también hoy día diezmadas, rompen el silencio de estos parajes con su estridente canto.

Reemprendemos el camino, internándonos entre los restos de esta selva húmeda y helada. El camino, un angosto camino de maicillo, se interna por la espesura, bajo gruesos coigües y uno que otro raulí. De pronto, tenemos que detenernos: una pequeña laguna y un árbol caído sobre el camino nos cierran el paso. Ricardo y Felipe Lasserre, hacha en mano, cortan el árbol y despejan la ruta. Mientras Ricardo mantiene a distancia las ramas del árbol, Felipe Lasserre, al mando del Terrano, vadea la poza.

"Nahuelbuta", Orión del Sur.

A medida que subimos, la vegetación se hace más raquítica. Ya no hay árboles. Sólo arbustos vestidos con sus barbas que flamean al viento.
Comenzamos a descender hacia Pillin-Pilli y llegamos a un lugar llamado "Los Raulices" en jerga campesina, ya que el modo correcto de decirlo sería "Los Raulíes", campo que mi padre compró por allá por los años '40, pero que no pudo explotar y tuvo que vender.

Después de admirar este bosque de raulíes nos dirigimos, dando un gran rodeo, por un sendero cada vez más estrecho y en mal estado, hacia la ladera oriente de la Cordillera, frente a Angol. Desde ese lugar, por un mejor camino, trataremos de alcanzar la cumbre que buscamos.
El jeep salta entre peñascos y raíces de árboles que cruzan la ruta. Algunos rústicos puentecillos de troncos nos permiten pasar sobre
hermosos torrentes cordilleranos que descienden a gran velocidad, hacia los valles.

Repentinamente, Felipe Lasserre detiene el jeep y se baja girando la cabeza hacia todos lados. Comienza a husmear ruidosamente. Las aletas de su nariz se agitan con violencia.

- Qué pasa? preguntamos todos con preocupación.
- Huelo oro, dice Felipe. Aquí tiene que haber oro.
Ricardo y yo lanzamos una carcajada y recordamos que, por el lado materno, Felipe es de apellido Fishman.
- No hay caso, le digo. A pesar de tu primera comunión, te
sigue penando la sinagoga.

Riéndonos todavía, devoramos algunos sandwichs y tomamos un café muy caliente, que nos repone, ya que han pasado 4 ó 5 horas desde que salimos de Cañete.
Seguimos viaje y, luego de una hora aproximadamente, descendiendo hacia el valle central, encontramos algunas casas, escuelas y un camino ripiado en bastante buen estado. Este lugar se llama "Vegas Blancas".

Comenzamos de nuevo a subir hacia "La Piedra". El paisaje ahora es completamente diferente. La ladera oriente de la cordillera es menos abrupta que la que da hacia Arauco. Hay muy poco bosque, y de trecho en trecho, hay antiguas casas de fundo, generalmente en hondonadas protegidas del viento. Los terrenos son usados en crianza de ganado. Por aquí está el antiguo fundo de los Jarpa: "Agua Fría".

A esta hora, más o menos las cinco de la tarde, comienza a llover copiosamente. Los gruesos y helados goterones se transforman en granizo. Llegamos al pie de una pronunciada cuesta, la que no podemos subir, ya que el terreno es, en esta parte del camino, muy resbaladizo.

En una puebla de inquilinos, al lado de la cuesta, nos informan que varios excursionistas en estos días han debido volver a Angol desde ese punto. Siguiendo estos consejos, decidimos volver hacia Angol también nosotros y así también podemos pasar a saludar a nuestro amigo Marcial Erénchun. Lo hacemos, pero, a unos tres kilómetros de la puebla, nos detenemos porque Felipe Hernán, por lo largo e incómodo del trayecto, se enfermó del estómago y se siente realmente mal.
 
Mientras el pobre Felipe Hernán está muriéndose, nosotros devoramos un lomito de cerdo y descorchamos un par de botellas de un cabernet sauvignon de Santa Emiliana. Bajo el techo de una desvencijada garita, a orillas del camino, comentamos los pormenores del viaje. Afuera, la lluvia se ha transformado en un verdadero diluvio.

Cuando las luces del día ya se están acabando y las luces de las calles comienzan a encenderse, llegamos a Angol, a casa de nuestro amigo el que nos recibe alegremente. Atendemos al enfermo, tomamos onces, hacemos recuerdo de tantas situaciones vividas por el grupo de amigos en Cañete y nos despedimos, no sin antes comprometernos a juntarnos en fecha próxima.
Son aproximadamente las doce de la noche cuando llegamos de vuelta a casa, donde la familia estaba inquieta por nuestra tardanza.
No pudimos llegar a la "Piedra del Águila" esta vez, pero a la salida del invierno, lo intentaremos nuevamente. Eso sí que por el valle de Cayucupil.

Fotografías de la Cordilera de Nahuelbuta.

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Comentarios

Me pareció emocionante vuestra aventura.Yo conozco parte de esa historia pues mi padre ( hoy 95 años) fleto aquellas maderas que la empresa Bima sacó de allí.Hoy como profesora debo enseñar respeto y defensa de la madre naturaleza.


Me gustaría conocer más sobre lo de vuestra aventura en libro o escrito.


atte.Cecilia Burgos.

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