Próspero Año Nuevo, por Oreste Plath.

A_o_Nuevo_Valpo.jpgAño Nuevo en el Santiago de ayer.

El más brillante escenario del Año Nuevo en Santiago fue hasta hace pocos años la Alameda de las Delicias. Las fondas ocupaban el trecho que va de la calle Bandera a la Estación Central. Estas fondas, ramadas o chinganas, como las llamaban, se mantenían desde la Navidad hasta el 2 de enero, fecha en que desaparecían como barridas por la escoba municipal.

Si la Navidad tenía un auténtico olor, el de la albahaca, la noche de Año Nuevo tenía un olor a pólvora y un decoro personal que parece obedecía al decir Año Nuevo, terno nuevo. Y era verdad; todos andaban más pijes, más chatres. El obrero, bien arreglado, gozaba de salir con toda su prole; como la gran familia. Se invitaba: Vamos a las ramadas a echar una miradita.

El mundo de esta noche en la Alameda lo componían los milicos, los marineros, caballeros alegres y chiquillos que corrían desaforadamente hacia el sitio en que se elevaban globos, se prendían fuegos artificiales, viejas, cuetes y guatapiques.
A medida que la gente llegaba a la Alameda las fondas tomaban mayor animación; las arpas, las guitarras, los acordeones rompían en alegres cuecas de antiguas letras, cantadas por viejas y animadas por adolescentes con tamboreos y retahilas de dichos.

Concentraba la atención en más de una fonda un danzarín que bailaba con un potrillo en la cabeza, lleno de vino hasta los bordes sin derramar una gota, y al finalizar lanzaba el sonoro y clásico grito de ¡VIVA CHILE!.

ramadaantigua.jpgEn otras fondas, colocados en mesones estaban luciéndose en grandes azafates los preparados nacionales: el causeo de pata, la malaya con harto ají, el arrollado, el pescado frito. Otras eran las de ventas de bebidas, en cuyas mesas se formaba hasta una triple fila de botellas con cola de mono, aloja de culén, mistela, servidas en grandes vasos y, finalmente, estaban las que vendían frutas de la época.

Ya cercanas las doce de la noche comenzaba una fuga del centro de la Alameda hacia las veredas; con esto las señoras elegantes y las empleadas deseaban precaverse de los abrazos de entusiastas desconocidos.

La algazara era mayor cuando las 12 de la noche eran marcadas por el disparo del cañón del cerro Santa Lucía y comenzaba el júbilo que se demostraba abrazando a medio mundo. Las empleadas que no andaban huachitas, sino en grupos, huían gritando en bandadas; las campanas llenaban de sonidos el espacio; las bocinas de las fábricas lanzaban toques estridentes; mozos divertidos hacían sonar cornetas de cartón; cohetes estallaban en el suelo y petardos hendían el espacio en medio de una zafacoca.

En los barrios, las dueñas de casa mataban un pollo o gallina para esperar las 12.
A la media noche salían corriendo de las casas para abrazar al vecino, a los amigos o al primero que pasaba, mientras los chiquillos, en la calle, prendían tiras de cuetes.

la-recova_La_serena.jpg

Año Nuevo en el Mercado.

La recova, el Mercado en las pequeñas ciudades, era en otros tiempos la boite del pueblo. Aquí pasaba la noche de Año Nuevo comiendo y tomando.

Una disposición municipal permitía que toda la noche permaneciera abierto, y el gran negocio lo hacían las cocinerías.
Los platos de la noche eran el caldo de cabeza, los causeos de pata con torrejas de huevo duro, aceitunas negras y relumbronas; el ajiaco y los costillares de corderito con la ensalada que se quisiera.

Estos eran preparados y servidos por maestras de la culinaria nacional, que eran muy gordas, de alto moño y blanco delantal.
Al amanecer llegaban los futres, los señores, los caballeritos, en busca del caldo de cabeza o simplemente a sellar el año, tomando el desayuno en el Mercado, después de la gran fiesta social. Era clásico, tradicional, terminar en el Mercado.

tarjeta_antigua.jpgTarjetas de Año Nuevo.

La tarjeta postal circulaba profusamente (1). En su mayoría eran importadas, y el pueblo gustaba de aquellas caras que, por lo general, eran de carey con motivos en relieve, ya que su presentación y color eran más novedosos.
Las leyendas impresas eran simples, cordiales, llenas de buenos deseos.

Aquí hay algunas: Año Nuevo, vida nueva; Año Nuevo, amores nuevos; Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo.
Algunos remitían las de temas humorísticos que hacían alusión a las suegras, la opresión matrimonial, el pelambre y la embriaguez.

Había también unas letras llamadas del Banco de la Felicidad. Estas se llenaban así: A la vista, sírvase mandar pagar por esta ÚNICA
DE CAMBIO a la orden de............la cantidad de trescientos sesenta y cinco días de felicidad. Valor que cargará en cuenta de su atento y S.S. (Finalizaba con la firma del amigo/a).


Año Nuevo en el Valparaíso de hoy

En Valparaíso, la segunda ciudad y el primer puerto de Chile, el Año Nuevo ofrece actualmente un cuadro de fantasía, de extraña visión, que se la dan los cerros con su iluminación, la que se multiplica con faroles chinescos de papel.

En Valparaíso, el Año Nuevo se ve, se siente y se espera en lo alto. El pueblo de Valparaíso se agrupa, se reúne en las plataformas, en las terrazas de los cerros, para contemplar el espectáculo de la última noche del año que se ofrece en la bahía, donde está toda la escuadra.

Los barcos de guerra lucen empavesados, tienen su aparejo circundado de bombillas eléctricas, presentándose como barcos fosforescentes. Los vapores y las más pequeñas embarcaciones surtas en la bahía están engalanados, ostentando algún adorno o una iluminación extraordinaria.

Muchos porteños pasan su última noche del año en el Paseo 21 de Mayo, en Playa Ancha, paseo que es como un inmenso balcón que cuelga del cielo, o más bien un pasillo de barco. A los pies de este cerro se ven todas las naves, el estrecho plan de la ciudad y su extensa bahía decorada, bordada de luces.
Este paseo a las doce de la noche se hace estrecho para contener al público que desea gozar, emocionarse con las luminarias, con las sirenas de los barcos de guerra que lanzan su estridor.

Estos barcos tienen dos clases de bocinas: una triste y la otra alegre; con ellas representan el año viejo y el año nuevo; los vapores hacen sonar sus pitos de partida; las gasolineras y las lanchas más pobres participan en este bullicio, mientras desde los fuertes de la bahía se disparan cañonazos, las iglesias hacen sonar sus campanas, los globos se elevan, y las bengalas, los voladores de luces, los fuegos artificiales, los petardos, estallan en los cerros. Y los reflectores de los barcos de la armada de guerra iluminan el espacio como deseando señalar el camino a alguien que se va...

Ahora, los clubes sociales, las asociaciones formadas por los hijos de provincias, organizaciones deportivas y de obreros celebran bailes de Año Nuevo, y la tarjeta postal ha sido reemplazada por los autobuses, que en sus parabrisas escriben con tiza líquida: FELIZ AÑO.
 
La sociedad de Santiago, que no conoció la victoria, va en soberbios coches al Club de la Unión o al Golf.
En Viña clel Mar, el pueblo sólo tiene la plaza con sus árboles como frutecidos de luces.
En el Club de Viña del Mar, esta noche alcanza contornos de un verdadero acontecimiento social, porque hacen su estreno en sociedad grupos de hasta sesenta señoritas.

(1). Fue para saludar la Navidad y despedir el año viejo de 1871, que Chile dio vida a la tarjeta postal. Era el primer país de América que la hacía. La Dirección General de Correos, a cargo entonces del progresista funcionario don Juan Miguel Riesco, explicaba en avisos la innovación traída de Europa y que reportaría grandes ventajas al país.
Las que se usaron en saludos de Navidad y Año Nuevo al finalizar 1872 correspondían a 500.000 impresos en Inglaterra y que llegaron a Valparaíso, con los primeros sobres timbrados, en los vapores Garonne y Aconcagua, traían grabado el sello en la rnisma tarjeta.

La venta de tarjetas aumentó en tal forma que, en víspera de Navidad de 1883. el correo de Santiago tuvo que abrir una oficina especial. En breves días se vendieron 30.000, aparte de las ilustradas, que ya entraban a competir en el comercio y a dar una nota de alegría al clásico saludo anual.
"Archivero" (Julio Arriagada). Diario El Mercurio. 29-dic¡embre-1944. Santiago de Chile.

Textos del libro "Baraja de Chile", de Oreste Plath.

"Un año más", La Sonora Palacios.

(Ir a Villancicos en Pascuas).

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